George Washington orando
“The Prayer at Valley Forge” por Arnold Friberg

Cerca de Filadelfia, en la orilla del esplendoroso río Wissahikon, había una vez un monasterio protestante donde vivía una hermandad de hombres nobles que habían dejado Europa para buscar un hogar en la selva donde pudieran alabar a Dios a su propia manera, lejos de las cortes de los reyes. Se les conocía como los Fanáticos.

Aproximadamente, a un kilómetro del antiguo monasterio, vivía un hombre que pertenecía a la hermandad en sus creencias, pero que no estaba con ellos porque había traído, al nuevo mundo, a su pequeño hijo y a su hija que aún era bebé. Era un noble con posición y riqueza, cuyas creencias religiosas no las toleraban ni los protestantes ni los católicos. Él vivió silenciosa y pacientemente en el Mundo Antiguo haciendo lo mejor que podía y sirviendo fielmente a su rey hasta que murió su amada esposa.

Entonces, dejó su castillo, sus tierras, su título y la mayoría de sus bienes, y huyó, cruzando el mar con su pequeño hijo y su hija bebé, para hacer un hogar en un blocao antiguo en la selva de Wissahikon. Allí vivió y estudió el libro del Apocalipsis por diecisiete años. Mientras tanto, su pequeño hijo se convirtió en un joven noble que compartía todas las esperanzas y convicciones de su padre; su hija bebé se convirtió en una hermosa doncella, más bella de lo que puede expresarse con palabras; con cabello dorado, que no caía en rizos, sino en abundancia suave y ondulada hasta sus hombros.

Nos cuenta que, cuando las sombras empezaban a alargarse en el último día del año 1773, se podía ver a la pequeña familia caminar, cogidos de los brazos, en las orillas del Wissahikon, bajo los árboles que se doblaban con el peso de la nieve. El padre que, para entonces, se le conocía y se le quería por toda el área, como el Sacerdote de Wissahikon, vestía una capa de terciopelo con una cruz de plata suspendida por un cordón, alrededor del cuello. La joven, con una mirada de adoración en su rostro, escuchaba, sin cuestionar, la conversación entre su padre y su hermano, en cuyos ojos brillaba la luz de la inmortalidad. Por diecisiete años, el anciano había estudiado el Apocalipsis y había repetido de nuevo lo que había afirmado tantas veces anteriormente, como resultado de esos años de estudio.

«El Mundo Antiguo», decía él, «está sumergido en todo tipo de crimen, como lo fue el Mundo Antediluviano; el Nuevo Mundo se le dio al hombre como un refugio, de la misma forma en que el arca se le dio a Noé y a sus hijos.

«El Nuevo Mundo es el último altar de la libertad humana que queda en la superficie del globo terráqueo. Los pasos de reyes nunca contaminarán su tierra. Es la última esperanza del hombre. Dios lo ha dicho y así es. Amén.»

Fue la joven la que insistió que regresaran a casa, y fue ella que buscó su calor y protección en nombre de sus seres queridos, y cerró las cortinas de las ventanas de la sala para apartar el bosque sombrío y la llegada de la noche. Fue la joven que trató de alegrar al pequeño grupo y aligerar la tristeza de su padre y de su hermano; para distraerlos de sus pensamientos y estudio sombrío. Esa noche lo intentó en vano; ella sabía que los cazadores pasarían de nuevo y escucharían las voces en oración en la noche, y verían las luces de la capilla caer sobre la nieve hasta el amanecer.

El momento de separación llegó cuando el padre y el hijo le dieron las buenas noches a la doncella y juntos buscaron la capilla donde dos velas altas ya ardían sobre el altar blanco. Era un salón circular con paneles de roble. Entre las velas sobre el altar había un botellón delgado de plata, una corona de laureles, recién recogidos de las colinas de Wissahikon, y una Biblia empastada con terciopelo y con broches de oro. Detrás del altar había una cruz de hierro. El Sacerdote de Wissahikon fue el primero en romper el silencio.

Dijo: «¡En la tercera hora después de la medianoche vendrá el Salvador!»

Y respondió el padre, mientras el joven permaneció de pie pensando, «Vendrá esta noche. En la tercera hora después de la medianoche vendrá por esa puerta y tomará su gran misión de liberar al Nuevo Mundo del yugo de los tiranos. Todo está listo para su venida. ¡He aquí la corona, el botellón de aceite para la unción, la Biblia y la cruz!»

Pasaron las horas. El joven se arrodillaba en oración; pero el padre caminaba de un lado a otro de la capilla esperando a que el reloj del gran corredor diera la medianoche y el Año Nuevo comenzara. Entonces, el joven se paró y trató suavemente de preparar a su padre para una decepción. Tal vez estaban equivocados; tal vez no estaban correctos en pensar que el momento para el Salvador se acercaba.

«¡A la tercera hora después de la medianoche vendrá el Salvador!», fue la respuesta de su padre.

El joven regresó a sus oraciones y el Sacerdote de Wissahikon continuó su vigilia solitaria mientras daban la una, las dos, las tres. Entonces se oyeron pasos en el corredor, y un desconocido alto con una presencia imponente, entró por la puerta de la capilla y dijo estas palabras:
«Amigos, me he perdido en el bosque. ¿Me pueden indicar el camino correcto?»

Respondió el Sacerdote de Wissahikon, «¡Haz encontrado el camino al servicio y al renombre inmortal!»

Dudando, el desconocido se acercó para ver si se burlaban: pero el Sacerdote de Wissahikon le preguntó rápidamente. ¿Viene de la ciudad? Sí. ¿Cuál es la carga sobre su corazón, no es el bienestar de su país? Sí. ¿No se preocupaba sobre el derecho de un súbdito para levantar la mano en contra del Rey? ¡Sí! Entonces le dijo el Sacerdote de Wissahikon al desconocido maravillado:
«Se te ha confiado una gran obra. Arrodíllate ante este altar y aquí, en el silencio de la noche, en medio de lo profundo de este bosque salvaje, te ungiré, ¡Salvador de esta gran tierra!»

Inmediatamente, este desconocido incomparable y ante quien diez mil personas inclinarían sus cabezas, se arrodilló ante el altar blanco en el antiguo blocao y colocó sus manos sobre la Biblia.

Luego, dice la leyenda, el Sacerdote de Wissahikon pronunció las siguientes palabras:
«¡Entonces eres asignado a la gran obra de ser el protector y Salvador! En poco tiempo irás a la batalla como líder de legiones- en poco tiempo conducirás a la gente hacia la Libertad- en poco tiempo, ¡vuestra espada brillará como un meteorito sobre los rangos de la guerra!»

La luz de las velas creó sombras raras sobre la pared, la cruz de plata del sacerdote brilló, el mantel blanco del altar se movía en el viento que venía de la puerta exterior, los árboles afuera gemían, mientras el sacerdote, según dice la historia, continuó así:
«¿Prometes que, cuando llegue el momento designado, estarás listo, con la espada en la mano, para luchar por tu país y por tu Dios?»

La respuesta vino solemnemente, «¡Sí!»

«¿Prometes, en la hora de tu gloria, cuando una nación se incline ante ti, así como en el intenso momento cuando contemples a tus soldados hambrientos por falta de pan, recordar la gran verdad escrita en estas Palabras, “Soy solamente un ministro de Dios en esta gran obra para la libertad de la nación?.»

Claramente y firmemente vino la respuesta, «¡Si lo prometo!»

«Entonces, en el nombre del que le dio el Nuevo Mundo a millones de la raza humana, como el último altar de sus derechos, te consagro como su Salvador.»

El Sacerdote de Wissahikon mojó sus dedos en el aceite para la unción y marcó el contorno de una cruz sobre la frente del desconocido y, estaba a punto de colocar la corona de laureles sobre su cabeza después de decir lo siguiente: “Cuando llegue el momento, avanza hacia la victoria. Sobre tu frente no hay una corona de conquistador roja como la sangre, sino esta corona de laureles que no se desvanece”, cuando apareció la joven, tomó la corona y coronó al desconocido.

Debido a que no había podido dormir, ella se había puesto apresuradamente una túnica blanca, y, después de colocarse encima una capa oscura, había bajado a la capilla y había sido testigo de la escena inadvertidamente, hasta que tomó la corona de laureles de las manos de su padre. Temiendo que había sido presuntuosa, la joven inclinó su cabeza; pero el padre sonrió.

«Está bien»; dijo: «Que el salvador de una nación reciba su corona de laureles de las manos de una mujer sin mancha.»

Entonces habló el joven: «Ponte de pie, líder protector de la gente. Ponte de pie, señor, y toma esta mano que nunca antes se le dio a un hombre. No sé tu nombre, sin embargo, sobre este Libro, juro serte fiel hasta la muerte.» Entonces Pablo, pues ese era su nombre, le sujetó una espada al costado del desconocido.

Cuando la ceremonia había terminado, el desconocido permaneció en la capilla con una fuerza y majestad impresionantes y dijo estas últimas palabras:
«De ti, señor, tomo este voto. De ti, bella joven, el laurel. De ti, amigo valiente, la espada. Sobre este libro ¡juro ser fiel a todos!»

Un momento más tarde el desconocido se desapareció en la selva externa de Wissahikon y el sonido de sus pasos, que se retiraban, se mezclaba con el gemido del viento. Así fue la noche del Año Nuevo de 1774. En el momento más oscuro de la Revolución Americana, el blocao se quemó; y mientras el humo todavía se elevaba del hogar en ruinas, dormían tres en sus tumbas a la orilla del Wissahikon; uno era un noble de edad mayor; otro un joven intrépido; y la otra, una joven bella con abundante cabello dorado.

Años más tarde, cuando América era una nación, y George Washington era su presidente, el desconocido con una presencia noble vino de nuevo a las orillas del Wissahikon, buscando el blocao y a los tres que lo habían enviado en su misión ese día de Año Nuevo del 1774. Encontró el blocao en ruinas y las tumbas. Esa noche, en una fiesta en la ciudad brillante de Filadelfia, muchos se preguntaron por qué, en el momento cuando una nación se inclinaba ante él, el padre de nuestro país estaba triste y pensativo, e inclinaba su cabeza como si estuviera recordando una tristeza, cuando una bella doncella con abundante cabello dorado, cantó la canción del Wissahikon.

Tomado de la Librería del Congreso en Washington, D.C., por Guy W. Ballard* al principio de los años 30.

[Esto se leyó en el Servicio dominical, el 19 de febrero de 2012 durante la transmisión vía el internet disponible para los miembros de la Fraternidad de Guardianes de la Llama®.]


De las Perlas de Sabiduría® (vol. 24 no. 35) por El Morya

«Que este sea un verano en donde los actores de Camelot trabajen juntos para hacer una presentación de estas leyendas de América, la leyenda de Wissahikon**, y otras que han leído—las historias de la intercesión de ángeles y de victorias triunfantes… Hay dramas de la libertad que hay que llevar a cabo. Hay historias nobles que le encantarán a la gente.» –El Morya

*George Washington fue una encarnación del Maestro Ascendido Godfre, conocido en su última encarnación como Guy W. Ballard. Godfre tomó su ascensión el 31 de diciembre de 1939, habiendo obtenido su libertad inmortal a través de su obediencia a las leyes de Dios. El Maestro Ascendido Godfre es un defensor devoto de la Libertad y del Gobierno Divino.

**Ver George Lippard, «La Consagración del Salvador,» en «El Wissahikon,» Libro II de Washington y Sus Generales: o Leyendas de la Revolución (Filadelfia: G. B. Zieber y Co., 1847), páginas. 86-99.

«El Wissahikon» fue adaptado para una obra de teatro por los actores de Camelot de Montessori Internacional para celebrar el cumpleaños de George Washington, el 22 de febrero de 1981.

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